domingo, 10 de marzo de 2013

Soledades y extravíos

Hugo De Marinis

Toronto. No hay caso. No hay forma de que una buena parte del progresismo de los países “centrales” tome con seriedad la actualidad de América Latina. Pareciera que ya no alcanzaremos aquellos asombros producidos por la nueva izquierda de los ’60 y ‘70, cuando una original y considerable ola rebelde, que compartimos con otros lares del tercer mundo, puso en jaque a clases dominantes e imperialismos. Claro, intelectuales europeos y norteamericanos prestigiosos – y musculares en cuanto a su influencia – estaban prendidos al carro de la revolución en ciernes tercermundista. No tenemos el mismo contexto hoy; tampoco un movimiento como el de esa épica pretérita, irrepetible.

Sin embargo, en América Latina en los últimos años, nació algo parecido en objetivos emancipadores. Con algo de envidia, reconozco: quizá lo de hoy sea mejor, y mucho; es decir, un proyecto popular variopinto con mayores posibilidades de éxito, sin tiros. No pasa lo mismo en el resto del planeta donde el neoliberalismo sigue actuando a piacere y la respuesta popular es, todavía débil, equívoca, inconstante.

Siempre suceden cosas en el mundo, vaya qué novedad. Por acá, con internet y todo, de algunas nos enteramos y de otras más o menos. Las miserias de la economía mundial, por ejemplo. La medidas de austeridad. La transferencia de recursos públicos a corporaciones y transnacionales, tan rozagante en Canadá como en Alemania y Portugal. Lo que se hace al respecto es otro asunto – lo que hacen concretamente los gobiernos de esos países y cómo reaccionan los que pagan los platos rotos. El asunto es que, por aquí en el norte, los simpatizantes de la renovada unión latinoamericana no abrimos mucho la boca ni nos trenzamos en discusiones en potencia bizantinas sobre sus méritos. Es que enseguida se huele condescendencia – “esto ya lo conocemos”, “no funciona” – o se escuchan opiniones perezosas, informadas por la marea neoliberal que impregna inclusive formaciones y pensamientos que a lo largo de sus historias se han reclamado de izquierda – sin que estos sujetos reflexivos, por otra parte, se jueguen, no digamos en desafiar esta impregnación, sino en pasarla por el tamiz de sus sacrosantas “teorías críticas”.
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Con este cuadro, los simpatizantes de la Latinoamérica de avanzada, teniendo en cuenta que en lo más representativo de occidente las resistencias se advierten medio desganadas, nos permitimos ironías de esta guisa: “el único lugar del planeta donde sucede algo interesante es América Latina”. Ironía sin referente porque es verdad verdadera, pero que a los progresistas de estas metrópolis les resulta solo una bravuconada de unos folclóricos afectados por la salsa, el tango, el fútbol y, para los que recuerdan, el realismo mágico.

Hay excepciones que aquí sí, de manera particular, cabe llamar honrosas. Dejémoslas de lado por ahora, con el reconocimiento de que son valientes y también muy minoritarias. Pero para lo contrario, vaya una anécdota: el jueves 7 me encontraba en un almuerzo de trabajo – esos en los que se te atraganta la comida por más deliciosa que esté porque a quién se le ocurre almorzar trabajando – con un par de personas. Apenas nos sentamos una de ellas se refirió a la muerte de Hugo Chávez, para luego pasar a iluminarnos con su visión de la situación de América Latina y a renglón seguido las penurias del Uruguay del prosaico Pepe Mujica y las perennes carencias materiales de Cuba. Mientras esta persona hablaba, se me dibujaba en la mente la cara dura del primer ministro canadiense Stephen Harper y su insolente mensaje al gobierno de Venezuela: …deseo que el pueblo de Venezuela pueda construir ahora un mejor y más brillante futuro basado en los principios de libertad, democracia, el imperio de la ley y el respeto a los derechos humanos. También los saltitos que pegaba el comandante fallecido en el estadio mundialista José María Minella de Mar del Plata, al ritmo candombero de la hinchada militante que coreaba su nombre cuando en 2005 el ALCA se fue al carajo.

Uno a veces dice cosas nada más que para congraciarse con la compaña. Es que las soledades y las diferencias en el sentir son tan profundas que a menudo nos tentamos. Quién sabe si este fuera el caso de esa persona que nos ilustraba en el almuerzo. Quizá también – no muy extraño – haya naturalizado, como en tantas partes opulentas de occidente, el discurso hegemónico de la cadena Fox con sus distintos tonos, ya sea el paquete destinado a los sectores universitarios o el que se ata con moños para cualquier otro círculo: Latinoamérica es desprolija, anacrónica, pésima gestora y proclive a encandilarse con cualquier mesías suelto, populista y autoritario. ¡Bah! lo mismo que allá en el sur, pero enunciado por quienes no debieran. O por ahí, esta comensal de trabajo, haya comprado el posmoderno menoscabo de algunos compañeros pensantes europeos quienes como nuestros venerados gorilas se empacan en cuestionar las figuras caudillescas que no se ajustan a los moldes liberales y al toque, con esfuerzo flojo en comprensión, los sitúan dentro de alguna cansada variante del fascismo.

En fin, muchos de nosotros, veteranos – no todos, por suerte – tampoco terminamos de entender y poder explicar con claridad el fenómeno del caudillo latinoamericano – ¿será el DNA virtuoso y fatal de nuestra sangre mestiza? – pero no deja de ser una pena andar por estos parajes propicios al invierno duro con tan escasos compañeros, colegas, amigos, vecinos con quienes dialogar del asunto y compartir un duelo.

La Quinta Pata