domingo, 19 de mayo de 2013

Se murió sentado en el inodoro

Hugo De Marinis

Cuando la jerarquía católica eligió a Bergoglio como Papa el arco mediático nacional desplegó una avalancha de columnas de opinión exagerada y, para mi gusto, empalagosa. Los demás acontecimientos, por fuerza mayor, se diluyeron a planos casi invisibles. Uno deseaba visitar sitios considerados confiables para encontrar algún otro ítem de interés, pero la búsqueda resultaba escasamente fructífera. Algo parecido aunque no mucho, el día después de la muerte de Videla. Todo periodista, intelectual, pensador, novelista, militante, artista, o lo que sea, que se precie en la prensa piola, puso su huevito, incluida nuestra publicación. En tanto, en el “Página” del sábado pasado, la heterodoxa columna de Alfredo Zaiat sobre la relación del progreso de los salarios respecto de la inflación desde 2008 al presente, se hallaba en el puesto 19° de arriba para abajo en la versión de internet.

¿Qué quiero significar con lo anterior? ¿Que la muerte del dictador se me importa un comino? No precisamente, pero desde ya pienso que hay también otras cuestiones trascendentales, asimismo sobre este deceso.

Principiemos con lo de menos peso: a riesgo de pasar por escéptico, o peor, exteriorizo el lugar común de que la muerte iguala a los seres humanos. No, por supuesto, ni por asomo, a la vida vivida de cada uno. Como cualquier desconfiado de existencias post-terrenales, no me consuela la ilusión de que Videla se haya ido al infierno y desde allí contemple su fracaso, que, de cualquier modo, pinta definitivo entre los vivos. Se fue con secretos que todavía producen dolor; ya no contemplará entre barrotes cómo continúa el desmoronamiento del proyecto del que formó parte y fue cara ante el mundo. Esa es la gran macana de la igualación que produce la muerte. A este esperpento lo salvó de percibir el trascurrir de su derrota; de considerar el cristiano sacramento de arrepentirse; de su machacona medianía.

Pero algo de más peso, para mí, es que salvo lo de haberse constituido en rostro visible del llamado “proceso” (con minúscula), lo recuerdo durante su periplo de facto, con las manos ensangrentadas a prudente distancia, no como sus monstruosos colegas, Massera, L. B. Menéndez, Harguindeguy, S. A. Riveros, R. Camps o, entre los que reprimían en Mendoza, el bandido Santuccione. Un monigote (perdón los monigotes) puesto y manejado por los nombrados antes. Videla quizá fue un chanchullo – carne podrida de la inteligencia milica – de los más horribles, consistente en colocar a un flaco anodinamente monstruoso a responder como burro por los crímenes de su casta. ¿O habrá sido cuento lo de las palomas y los halcones?
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Mario Wainfeld abre su artículo del sábado 18 con una cita del libro El dictador (Buenos Aires: Sudamericana, 2001, pág. 151 - 52) de María Seoane y Vicente Muleiro en que el ex presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse (1918 – 1996) desde un helicóptero en vuelo dice de Videla, “¡Mire qué pelotudo! ¡Vamos a llegar hasta las nubes y va a seguir haciendo la venia!”. ¿Cómo habrán sabido Seoane y Muleiro que “el Cano” se expresó así? ¿Se los habrá dicho el piloto del helicóptero? ¿Licencia poética de los autores, congruente con las premisas que se quieren sostener? El libro pretende enfatizar – por lo menos lo que me quedó de él – la insignificancia del personaje, su obsecuencia, su banalidad, asunto sobre el que Beatriz Sarlo prefiere no discurrir en su columna de La Nación. Un desperdicio que así sea porque precisamente si entre nuestros genocidas hubo un burócrata del mal, el que dibujó Hannah Arendt (1906 – 1975) en Eichmann en Jerusalén (1961) ofrece un buen reflejo en Videla y de la comparación tal vez se podría extraer no tan consabidos paralelos. Una diferencia es que entre nosotros el fenecido represor no era un subalterno sino el que sus pares impusieron como presidente de la nación. ¿O será una ficción maliciosa su intrascendencia?

Así como abundancia de opiniones sobre el acaecimiento de esta muerte, hay asimismo y por el momento, unanimidad en la condena al personaje, además de abandono de sus venales pares. Casi sin vacilaciones. Se podría objetar la tendencia de algunos de inculpar la época por la producción de esta calaña de individuos. Pero a más de generalizadora y perezosa, tal forma de opinar carga descalificación y temor por presuntas conductas colectivas; se pretende responsabilizar a los más débiles por un remolino de horror del que más que nada fueron sus víctimas; se termina comparando peras con manzanas.

Volvamos a la igualación de esa parte de la vida que es la muerte. Verdad de Perogrullo: pocos obtienen la que quieren y en la postura que se desea; es igual de indigna para todos si no se la toma como lo que es, o sea, si se la evalúa en sesgados términos simbólicos. Cualquier persona, de la tela moral que fuese, se puede morir sentada en un inodoro. La picardía – el azar – en este caso, es la justicia o la justeza de la metáfora (¿golpe bajo?) del mazazo de la parca: su vida fue igual a lo que estaba haciendo en el instante de su muerte.

La Quinta Pata